LA BASÍLICA DE LA PURÍSIMA CONCEPCIÓN

El monumento más destacado del patrimonio artístico de la villa,

y uno de los más sobresalientes de la arquitectura religiosa renacentista en todo el País Vasco.

Es un edificio que destaca por sus notables dimensiones mide casi 50 metros de largo por 25 de ancho la calidad de su realización y la riqueza de su mobiliario, ofreciendo un resultado bastante homogéneo pese a su larga y compleja historia.

 

En líneas generales podemos distinguir en su desarrollo histórico tres fases:

La etapa gótica: se extiende entre 1464 y 1530, corresponde a su origen y planteamiento inicial. Es la peor conocida y al final de este período corresponden las dos portadas y el pórtico norte que da a la plaza.

La etapa renacentista: abarca de 1530 a 1620, y en ella se definen los elementos fundamentales del edificio. Se terminan de levantar los muros y se abren los ventanales, erigiéndose las impresionantes columnas y cerrándose las bóvedas.

La etapa barroca: comprende desde 1620 hasta 1767, y en ella se realizan algunos complementos del edificio como el coro o la parte superior de la torre-campanario y la sacristía, pero especialmente cobran importancia en esta fase las tareas de amueblamiento del templo, pues a ella corresponden la sillería y sus nueve retablos.

Con posterioridad se llevará a cabo el
altar mausoleo de San Valentín de Berrio-Otxoa, que data de principios del siglo XX.

 

LA ETAPA GÓTICA

Apenas tenemos información sobre ella: únicamente conocemos los datos que figuran en la inscripción que se encuentra en el pórtico norte, y algunos documentos que tratan sobre las diferencias que existían entre el concejo de la villa y la familia de Ibarra, patronos del templo, respecto al servicio del culto.

Según la mencionada inscripción las obras de la iglesia se iniciaron en 1464, fecha en la que los vecinos de la villa deciden dotarse de un templo propio y dejar de asistir a las misas que se celebraban en la iglesia de San Agustín de Etxebarria. Argumentaron para ello que esta se encontraba muy lejos del casco urbano, y que el desplazamiento resultaba muy penoso cuando hacía mal tiempo.

Para 1517 sabemos que la iglesia disponía ya de órgano y reloj. Por entonces ya estarían terminadas las dos portadas, representativas del estilo gótico tardío. Del mismo momento que la portada será la estructura del pórtico, dispuesto a ambos lados de este acceso. La portada de los pies será un poco más moderna, y está más ornamentada.

LA ETAPA RENACENTISTA

De acuerdo a la interpretación más habitual, el hecho de que las obras avanzaban con lentitud propició que hacia 1550 se adoptara un cambio de planes que sustituiría el proyecto gótico inicial por el que hoy contemplamos, renacentista, de tres naves a la misma altura.

Desde mediados del siglo XVI disponemos de documentos sobre la obra que nos permiten saber que por entonces estaba al frente de la obra un cantero de Mutriku, Pascual de Iturriza, que se ha supuesto pudo ser el que decidiera la modificación del plan inicial en beneficio de una iglesia del tipo Hallenkirche o Iglesia Salón, es decir con todas sus bóvedas dispuestas a la misma altura. Él sería el responsable de rematar los muros y de realizar las impresionantes columnas que superan los 18 metros de altura.

Los soportes y los vanos de iluminación son algunos de los elementos que más contribuyen a identificar el estilo renacentista del templo.

Al exterior destacan especialmente por su belleza los ventanales, de medio punto y ligeramente abocinados con tracería avenerada en la parte superior y un vano que se divide en dos por un mainel o columna estriada de orden corintio que apoya sobre un plinto.

Las cubiertas en cambio, siguen la costumbre del entorno, de no olvidarse de las tradicionales bóvedas de crucería de gusto gótico aunque complican su diseño hasta la exageración, multiplicando las claves y los nervios que las enlazan, alcanzando precisamente en esta iglesia las fórmulas más elaboradas de todas las existentes en Bizkaia.

Dentro de esta misma etapa intermedia se realizaron la base de la torre que supera en pocos metros la altura del tejado y el cuerpo adosado a esta por el lado sur,  en el que se abren varias ventanas de cuidado diseño; particularmente la más alta de ellas, del tipo ventana-estandarte.

LA ETAPA BARROCA

 

Los trabajos prosiguieron con la obra del coro, que dirigió Juan de Barasibar, y  acababa Rafael de Garaizabal en 1632. Cuenta con dos escaleras de piedra para su acceso y se apoya en pilares cruciformes cajeados, sobre los que se trazan tres arcos. El central escarzano es de una anchura muy considerable (más de trece metros), lo que llegó a plantear dudas sobre su estabilidad. Para demostrar su solidez, Garaizabal no tuvo inconveniente en disponerse bajo su clave en el momento en que se retiraban los apoyos utilizados para su construcción. Posteriormente se elaboró la sillería, un mueble relativamente austero que se conserva sólo en parte.

El campanario es otro de los elementos más destacados del templo por su considerable altura (en torno a 57 metros) y su singular diseño, de inspiración andaluza, que recuerda a la Giralda de la catedral de Sevilla; iniciado en 1661 (más de un siglo después), no se terminaría hasta 1672. Su construcción contó con limosnas de los vecinos, que también participaron en el acarreo de materiales, incluso en días festivos, con concesión de indulgencias durante cuarenta días a quienes participarán en la obra.  Es un proyecto sobrio y elegante y se caracteriza por el uso de placas de cerámica azul cobalto (rasgo inusual en la arquitectura vizcaína). 

Sobre la cúpula de remate se colocó una
giralda de madera, labrada por Jerónimo de Yermo, que desapareció en 1707 al consumirse una vela de sebo colocada sobre su cabeza para conmemorar el nacimiento del primogénito de Felipe V. Deseando recuperar este elemento en 1717 se instaló una nueva giralda, cuyo soporte se reparaba en 1756, y que fue fulminada por un rayo en 1831. Y aún se colocó una tercera giralda diseñada por Esteban Capelastegui, de 5 metros de altura, que representaba una alegoría de la Fama alada con una trompeta y una banderola con el lema TOTA PULCRA EST MARIA. Un nuevo rayo la afectó y se inclinó de tal manera que finalmente se decidió desmontarla en 1847.

Dentro de esta etapa barroca se emprendieron también otras obras como las del
pórtico sur, cuyas columnas de piedra labraba Antonio de Rementeria en 1679. Ese mismo año se reformó el presbiterio que al parecer se encontraba hasta entonces elevado unos cuatro metros sobre el nivel actual.

Poco antes de acabar el siglo XVII, en 1695, se comenzó
la sacristía vieja (actualmente capilla de diario).

MOBILIARIO

Todos los retablos que existen actualmente en la Basílica corresponden al estilo barroco, aunque también se conserva alguna imagen anterior, como una talla tardogótica del Crucificado de hacia 1520, u otra imagen de la misma iconografía dispuesta sobre una cruz nudosa con tibias cruzadas en los pies, que data de la primera fase del renacimiento.

Pero sin duda alguna, los retablos más sobresalientes son los ubicados en el presbiterio, el mayor y sus dos colaterales, dedicados a San Miguel y San Pedro, que conforman un conjunto verdaderamente espectacular, el más sobresaliente del barroco-rococó en toda Bizkaia. La historia de su construcción es larga y compleja y el resultado un magnífico retablo rococó de movida planta que queda casi “embutido” en el ábside, ocupado por este mueble en su totalidad, y que cuenta con tres calles y dos cuerpos. 

 

Digno de mención es también el templete-expositor enmarcado por ángeles con vides y espigas y rematado con las virtudes teologales (la caridad a la izquierda, la esperanza a la derecha y la fe en su cúspide). Completan la iconografía media docena de apóstoles, y ya en el cascarón San Juan Bautista con el cordero, San Joaquín y Santa Ana, con el arcángel Gabriel y el Ángel de la Guarda y el Padre Eterno en lo más alto. Estos últimos corresponden (salvo el Bautista que es también de Ontañón) al escultor Juan de Munar.

 

EL ALTAR MAUSOLEO

El mobiliario de la Basílica se enriqueció aún más a principios del siglo XX con un nuevo y singular elemento: el altar-mausoleo de San Valentín de Berrio-Otxoa, el santo patrono de Bizkaia (junto a San Ignacio) que era natural de Elorrio, y cuyos restos habían llegado a su villa natal en 1886.

 

En 1906, con motivo de su beatificación la Diputación de Bizkaia convoca un concurso para su realización en el que resultó vencedor el proyecto presentado por Manuel María de Smith Ibarra y Marcelino de Arrupe, realizándolo la empresa de París “Fachinna y Maumejean”. El espectacular mosaico representa su martirio, que tuvo lugar en Tonkin en 1861. Es una obra excepcional por sus dimensiones y el exotismo de su arquitectura, con las elevadas cubiertas doradas que recuerdan las de los templos orientales, o la decoración con cabezas de elefantes bellamente enjaezadas.

 

Los huesos de Berrio Otxoa se preservan en la urna metálica dispuesta en la parte alta. La imagen yacente del santo es posterior, de 1925.

TEXTO DE: Jesús Muñiz Petralanda

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